“El
sentido de educar. Identidad, diferencia y diversidad”
Por Fernando Onetto
La opinión
más extendida en nuestro medio social y que ha sido asumida
por el diagnóstico educativo del Estado nos dice que la
escuela encuentra serias dificultades para alcanzar sus objetivos
específicos. Los indicadores de eficiencia interna del
sistema, sobre todo en la escuela secundaria, parecen constatar
este diagnóstico. A la hora de encontrar una explicación
adecuada a esta dificultad para enseñar en las escuelas
un saber relevante a las nuevas generaciones, las opiniones se
diversifican. Se tomará en esta exposición una de
las hipótesis que intenta situarse en las partes menos
visibles del fenómeno y se ubica en el plano interior de
las personas que concurren en la escuela. Me refiero a la dificultad
que tenemos los adultos y los jóvenes actualmente para
establecer vínculos de diálogo, cooperación
e intereses compartidos en las escuelas. Esta dificultad echa
sus raíces en las identidades de adultos y jóvenes
que parecen no sólo haberse distanciado sino desconectado
en mundos paralelos de significados. Los alumnos y alumnas parecen
habitar en un lenguaje cada vez más distante al mundo escolar
y su cultura. Esta separación de mundos de vida puede expresarse
no sólo en la dificultad para compartir objetivos sino
también para aceptar encuadres de conducta comunes, es
decir, las normas escolares. De este modo, el problema de las
identidades y los sentidos se transmuta en un problema de conductas
no coordinadas que tienden a enfrentarse.
Una vez que se describen
las distancias entre adultos y jóvenes, ¿el análisis
concluye? ¿Se trata de una distancia abismal, insalvable?
¿No existen puentes ya construidos disponibles para ser
transitados? ¿Cuáles son los vínculos, los
techos comunes que ya acercan y cobijan a los docentes y a los
alumnos? Si existen estos vínculos ¿por qué
no se transitan con más intensidad y se habilitan como
recursos para construir un proyecto educativo social con más
poder de vinculación?