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"Cambios culturales de la escuela actual"

Por María Teresa Prieto Quezada

 

“Se trata, de ver la escuela como cruce de culturas y un espacio de mediación reflexiva de las diferentes culturas. Sin embargo, para algunos alumnos también ha sido no sólo un espacio de conocimiento, sino un mundo propio donde experimentan la violencia en varias de sus formas”

Pérez Gómez (1998)

La escuela como lugar formal de aprendizaje ha sido, a lo largo de muchos siglos, una piedra angular de la educación formal, institucionalizada y fue, por mucho tiempo, un lugar respetado por los jóvenes, que en general se atenían a las pautas de disciplina en ella promovidas.

En las últimas décadas del siglo XX y a principios de este nuevo siglo XXI, han proliferado brotes de violencia de índole diversa al interior de la escuela, que nos ponen ante la necesidad de preguntarnos por los cambios que se han dado en las sociedades y las pautas culturales que transmiten, en la institución escuela y las formas de convivencia que promueve y en el tipo de sujetos a los que nuestras nuevas maneras de vivir están dando lugar.

Vivimos en una época en la que los objetos mercadotécnicos y tecnológicos capturan al sujeto. Los medios de comunicación: televisión, Internet, teléfonos celulares, etc., se han convertido en una influencia para los jóvenes con la que la escuela, como informadora y formadora, difícilmente puede competir. La economía de mercado ha venido a ocupar un lugar central en el tejido social, promoviendo el consumismo a extremo. Los grandes capitales, cuya única meta es incrementar al máximo posible la ganancia, han debilitado la influencia del Estado, su papel social y han instrumentalizado a los sujetos mismos, debilitando los lazos sociales y convirtiéndolos muchas veces también en mercancías.

Ante tal panorama surgen diversas cuestiones: ¿cómo puede la escuela ser un espacio de transmisión de valores que contrarresten la norma utilitaria del mercado, el capitalismo voraz, la búsqueda de la ganancia pasando por encima de lo que sea, también el otro, el que tendría que ser reconocido como el semejante? ¿Cómo pueden los maestros ser modelos y autoridades en un medio y en una época en la que los objetos mercadotécnicos y tecnológicos parecen capturar al sujeto debilitando al extremo los vínculos sociales?

Los adultos en general, y por ende también los maestros, hemos perdido fuerza para convertirnos en referentes de primer orden en la socialización y educación de los jóvenes. Otros modelos, promovidos por las medios de comunicación, son preferidos como figuras a imitar. Por otra parte, las aceleradas formas de vida de la actualidad, la precarización del campo laboral y otros factores han minado el potencial y placer de los adultos para acompañar a los jóvenes en su proceso de integración al quehacer cultural.

Toda trama cultural parece ser insuficiente para instrumentalizar sin falla al sujeto en su búsqueda de sentido para su ser y para el lugar que ocupa en el mundo y en la sociedad. Sin embargo, en la actualidad parece que atravesamos una crisis cultural que podríamos clasificar de global y que exacerba el valor de cambio de los sujetos, convirtiéndolos en mercancías, dejándolos expuestos a un vacío de significación que se manifiesta en una multiplicidad de síntomas: depresiones, suicidios, drogadicción, indisciplina en diversos grados, que puede dar lugar a violencia escolar y, en casos extremos, a criminalidad.

La brecha generacional se ha ampliado, los jóvenes de ahora tienen diferencias más marcadas en relación con sus padres que los de hace 30 o 40 años. La articulación de las generaciones de los viejos con la de los jóvenes era un espacio de transmisión y producción cultural muy importante: los jóvenes asumían a los viejos como modelos, tomaban algunas de sus pautas de comportamiento, aunque muchas otras las renovaban trabajando el conflicto y poniendo en juego su creatividad.

En la actualidad podríamos hablar de un cierto enrarecimiento y descomposición del tejido social, que produce entre los jóvenes los síntomas arriba mencionados. Y sujetos que no logran hacerse escuchar en sus ansiedades, angustias, tristezas, duelos, insatisfacciones, pueden producir formas cada vez más contundentes y funestas de violencia, para hacerse notar y a la vez para manifestar la desaprobación a un sistema social que no sabe ya ofrecerles sostén y perspectivas de desarrollo.