“Los
jóvenes en la posmodernidad”
Por Fernando Osorio
Los jóvenes
no son violentos, están violentos, porque están
absolutamente angustiados frente a un panorama pleno de desasosiego.
Es tarea de los adultos enseñarles la diferencia entre
lo que está bien y lo que está mal; es una obligación
moral escucharlos porque ellos, aunque se quejen, necesitan aún
y por algún tiempo más, la palabra del adulto con
quien en todo caso confrontar su propio saber. No se los puede
responsabilizar del mundo que se les ha dejado para vivir. Un
mundo de desorden y de anomia sobre el que luego se los castigue
por no comportarse como es debido. La finalización de la
dictadura militar iniciada con el golpe de estado de 1976, el
proceso eleccionario de 1983 y la promesa democrática de
educación, salud y trabajo para todos encendió,
en los jóvenes de esa época, una esperanza inédita
en muchos años; y necesaria en un momento en el que aún
sangraban las heridas por la guerra de Malvinas. Pero la sensación
de indefensión, y de peligro inminente, no se hicieron
esperar y pronto - con la llegada de la nefasta década
de los noventa- un halo de incertidumbre, inseguridad institucional
y fragilidad en la palabra de los funcionarios de turno los expusieron
nuevamente frente a lo siniestro y la angustia, como estado psíquico
que se instaló en ellos nuevamente. Los jóvenes
comenzaron un derrotero de penurias sometidos a falsificaciones
discursivas que los vaciaron de todo deseo. Apareció entonces,
tempranamente, un ser depresivo, desmoralizado, desocupado, al
borde de la indigencia y la indignidad y, por sobre todas las
cosas, sin perspectivas. Lo que siguió desde el punto de
vista político, durante la democracia, no fue más
que un intenso proceso de destrucción de las pocas organizaciones
e instituciones de la república que quedaban en pie después
de la dictadura y que contenía a los jóvenes frente
a la incertidumbre del mundo adulto. La escuela sobrevivió.
Pero, los procesos de angustia que padecían no lograban
ningún tipo de derivación. Entonces se produjo la
irrupción de la enfermedad mental. Y la enfermedad mental
terminó por enfermar al cuerpo. Así surgió
la década de los noventa plagada de síntomas llamados
“modernos”. Es en la década de los noventa
que se instala como emblema del sistema, especialmente entre los
adolescentes y adultos jóvenes, el discurso renegatorio.
Renegación que se hacía frente a la contundencia
que mostraban las evidencias de la devastación social e
institucional. La angustia desborda los límites de lo soportable
para el psiquismo humano y comienza a hacer estragos e intensifica
los síntomas psicosomáticos que hasta fueron pensados
como las enfermedades de fin de siglo: el par anorexia-bulimia;
los trastornos por déficit de atención (ADD/ADHD);
la exposición a las mas variadas toxicomanías de
masa; las constantes flagelaciones del cuerpo (piercings, tatuajes);
la ambigüedad sexual, etc. Y muchos otros consumos no reglados:
cambios de hábitos, horarios, modos de divertimento y recreación.
La renegación que se sostenía no sólo negaba
los procesos de crisis que generaba el despojo, sino también
negaba las consecuencias que esto tenía y que iba a tener.
Los síntomas de dos generaciones de jóvenes argentinos
enfermos mentalmente enfrentaron al sistema con la necesidad de
encontrar una respuesta. Nuevamente los representantes del pueblo
se equivocaron, aunque no ingenuamente. Lejos de apostar a una
verdadera resolución de la problemática social de
los jóvenes redoblaron la apuesta de despojo. Si antes,
con las dictaduras militares, se mataba y se hacía desaparecer
gente, se usurpaban bienes materiales, recursos económicos,
laborales y educativos, ahora se usurpa el deseo; que es el único
motor que le permite al hombre sobrevivir a la alienación
propuesta por la posmodernidad.