Licenciada
en Ciencias de la Comunicación (Universidad de Buenos
Aires) y máster en Educación (Universidad de San
Andrés), Viviana Minzi estudia el complejo universo de
los niños, los medios y la educación. Actualmente
se desempeña como coordinadora del Componente Tecnologías
de la Información y la Comunicación, de un programa
de la Unión Europea con el Ministerio de Educación
de la República Argentina, y como docente de la UBA.
Entre otros libros, es autora de "Vamos que venimos"
y coautora de "Internet y la escuela"y "Mercado
para la infancia o una infancia para el mercado".
-En un artículo, usted afirma: "Los niños
de hoy no son como los de antes".
¿Qué problemas plantea la diferencia?
-El
problema radica en la distancia entre el ideal de niño
que tienen los docentes y los padres y la realidad de los chicos.
Los docentes se han preparado para interactuar con un niño
quieto, que presta atención, pero se encuentran con chicos
que pueden procesar información sin necesidad de estar
mirando al maestro a los ojos y que pueden hacer varias cosas
a la vez sin que esa multiplicidad de actividades les impida comprender.
-¿A qué obedece esa transformación?
-A
la interpelación de las imágenes, que no se basa
en la disciplina: uno mira televisión mientras hace otras
cosas. Las nuevas tecnologías, en general, no interpelan
al sujeto desde lo racional, sino desde la emoción, el
sentimiento y la pasión. A eso se suma el peso que se les
ha ido dando a los derechos de los niños; entre otros,
el derecho a ser escuchado.
-A fuerza de reivindicar los derechos de los niños,
¿no se les estará quitando uno fundamental: el derecho
a salir de la ignorancia?
-Hay que separar el movimiento cultural que exige respetar la
subjetividad de los niños del modo en que el mercado utiliza
ese discurso. Hoy se ve un deslizamiento del derecho al capricho,
que está insuflado por los medios. En ese marco, hay que
establecer un diálogo sin perder de vista que la asimetría
entre el niño y el adulto existe. En función de
su experiencia y del conocimiento de reglas que el chico ignora,
el adulto debe enseñarle que el derecho no es todo lo que
uno desea.
-¿Cuál es el lugar de la escuela ante el
auge de la televisión?
-Cuando un niño comienza la escolarización, ya lleva
varios años en contacto con la TV. A las funciones sociales
de la escuela se agrega la de dar herramientas para que el sujeto
pueda enfrentar las propuestas de los medios de comunicación.
Pero la idea no es que la escuela se parezca a la tele, porque
el colegio sigue siendo el lugar destinado a la construcción
sistemática del saber. El docente tendría que promover
la reflexión para que los niños puedan distinguir
cuánto de todo lo que circula en la tele les sirve para
transformar la realidad personal. Eso es parte de la formación
ciudadana, porque hoy la mayor parte de la información
acerca de lo social la recibimos de los medios, sobre todo de
la TV.
- ¿Cómo es el consumo televisivo de los
niños en la Argentina?
-Los estudios dicen que es de unas cuatro horas diarias. Entonces,
algunos concluyen que los niños pasan más tiempo
frente a la pantalla que en la escuela. Un razonamiento con trampa.
Lo importante no es cuántas horas están frente a
la tele, sino cuál es el vínculo que establecen
con ella. Muchos adultos tienen una mirada demonizante respecto
de la TV y no ven que a veces los niños se apropian de
ciertos contenidos de un modo positivo.
-¿Cómo es esa apropiación infantil?
-Lo explico con un ejemplo real. En el curso de un trabajo de
investigación en una escuela porteña, una nena
comentó que miraba "Operación Triunfo"
y que, cuando algo le iba mal en el colegio, se acordaba de
todo lo que había tenido que pasar una de las participantes
para llegar hasta la última etapa de la competencia.
"Entonces -dijo-, decido que me voy a esforzar porque a
ella también le costó mucho, pero le fue bien."
-¿Qué
efecto tienen en los más chicos los canales de cable
que transmiten programación infantil durante las 24 horas?
-Según los resultados de las encuestas, los amigos influyen
aún más que la TV en el consumo infantil. Cada
grupo familiar resuelve individualmente el conflicto del consumo,
y esas lógicas diversas chocan cuando los niños
entran en contacto con sus pares. La frase típica es:
"Si a Fulanita la dejan comprar eso o ver tal programa,
¿por qué vos no me dejás?".
-¿Qué
ocurre con el consumo de programas en chicos mayores de seis
años?
-Los padres y los docentes ignoran lo que los niños consumen.
Saben que miran determinado programa, pero desconocen en qué
consiste exactamente. Si uno se pone a ver el programa que miran
sus hijos y comprueba que los valores que exhibe no condicen
con lo que uno quiere inculcarles, no hay duda en cuanto a la
necesidad de frenarlo. Pero muchos padres compran el discurso
de que los chicos son maduros, autónomos, y que cualquier
intervención es un signo de autoritarismo. Eso es peligroso,
porque la prédica que vende el derecho del niño
a la autonomía termina proclamando su derecho a la soledad.
-¿Diría
que, con la apariencia de la libertad, se fomenta la dependencia
de padres e hijos respecto del mercado?
-Creer que el llamado "mundo de los niños"
está construido por niños es la gran confusión;
está armado por adultos que no son los docentes ni los
padres, sino los publicistas que, preocupados como están
por la comercialización, no dimensionan el impacto que
ese bombardeo tiene en las criaturas. Una estrategia recurrente
del mercado de productos para niños consiste en borrar
la figura del adulto. Es preocupante el modo como los padres
convalidan esa táctica al desentender los consumos culturales
de los chicos. En el tema de los regalos, por ejemplo, se ha
dado una transformación que merece ser analizada.
-¿Cuál es esa transformación?
-Para los chicos de mi generación, el regalo que nos
elegían nuestros padres era una sorpresa bien recibida.
Ahora, los niños piden los regalos con tal especificidad
que los padres optan por ir con ellos a la juguetería
para que les muestren lo que quieren. La televisión tiene
un papel central en este asunto, porque los programas poseen
una lógica interna que los padres desconocen. Sobre la
base de esa misma lógica, el mercado promociona una cantidad
de objetos.
-¿Cuál
es el ejemplo paradigmático?
-"Pokemon" y, luego, "Digimon". Ese fue
un caso extremo de la publicidad que en treinta segundos explica
un juego, ofrece un postrecito e invita a coleccionar los muñecos
de los cuarenta personajes. El padre no puede ponerse a aprender
los cuarenta personajes, pero al menos debería saber
que existen y decidir si quiere comprarle a su hijo todo lo
que trata de venderle el aviso o si prefiere negociar con él
otras alternativas. En la cuestión del consumo y los
chicos, los padres necesitan definir estrategias. Frente a un
no, hay que estar dispuesto a soportar el berrinche del chico
y la propia ansiedad por no satisfacerlo.
-¿Cómo
viven los chicos de menor poder adquisitivo el bombardeo publicitario?
-Si bien las publicidades televisivas les hablan a quienes tienen
la capacidad de comprar, su mensaje de un ideal de vida basado
en la abundancia y la acumulación llega a todos. Rosana
Reguillo Cruz, una autora que estudia el tema de las culturas
juveniles, plantea un vínculo entre la presión del
mercado y la delincuencia. Expone casos de chicos a los que no
les falta el calzado y que, sin embargo, salen a robar zapatillas
de marca. Lo que los consumos culturales instalan en los chicos
es un modelo de valores y de vida.
-¿Cómo debería trabajar la escuela,
con miras a formar televidentes críticos?
-No todos dan por sentado que la escuela deba trabajar el tema
de la televisión; hay quienes piensan que la escuela
no debería perder el tiempo en eso. Yo creo que hoy nuestro
conocimiento de la sociedad y de la política está
muy mediatizado y, en consecuencia, la escuela tiene que educar
en una mirada crítica hacia los medios. Esa enseñanza
es un modo de alfabetización cívica. Una línea
de trabajo es problematizar el consumo televisivo: ¿por
qué miro tal programa? ¿por qué miro la
televisión en soledad? ¿por qué necesito
mirar lo que miran los demás para sentirme parte de un
grupo? Otra tarea es abrir la agenda temática de los
alumnos más allá de lo que les propone la tele,
para formar ciudadanos que no sean meros receptores de productos,
sino sujetos con capacidad de proponer. La pregunta es en qué
medida la escuela está preparada para eso. No hay que
olvidar que vivimos en una sociedad empobrecida y que la escuela
forma parte de ella.
Por Adriana
Schettini
Fuente: La Nación. Sábado 3 de junio de 2006 -
Buenos Aires, Argentina.
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=811336