"El binomio pobreza - delito no explica la violencia juvenil"
sostiene la socióloga Silvia Guemureman, para quien, la
complejidad del fenómeno se muestra en el desconcierto
de los padres. "El hecho de no poder hacer un proyecto genera
mucha inestabilidad, a diferencia de otras generaciones que tenían
como referencia el horizonte de lo que habían sido sus
padres y una vida en la que se podía proyectar", sostuvo
en la entrevista con El Tribuno.
-¿Cómo
podemos analizar a la violencia entre los jóvenes?
- Hoy se manejan las teorías explicativas sobre el tema
de la violencia y el delito. Se tiende a asociar el delito con
la pobreza mientras que, detrás de eso, hay una especie
de pensamiento mágico que tiende a suponer que si realmente
se soluciona la pobreza, con el mero acceso a determinados bienes
y a determinados recursos se va a terminar con el problema.
-
Pero esto no es así.
- Por eso, justamente, el mejor modo de refutar esta equivocación
y también las teorías que vinculan a la delincuencia
con la pobreza - una asociación perversa- es pensar cómo
se pueden solucionar situaciones de mucha violencia, sobre cuyo
origen no es válida ninguna de las explicaciones conocidas.
-
¿Qué relación encuentra con la crisis económica
vivida recientemente?
- En el caso de los jóvenes, aparece el problema referido
al mercado de trabajo, pero también, dentro de lo que es
la evolución dentro de la estructura social. Existen valores
que tienen al mercado como el principal organizador y el mercado
es donde uno convalida sus derechos a partir de ser un consumidor.
Pero al margen, en términos de neoliberalismo y con un
regulador que es el mercado, hay incluidos y hay excluidos. Y
la vida organizada a través del consumo que ha traspasado
a la vida afectiva, y deja su huella.
-¿De
qué manera?
- El hecho de no poder hacer un proyecto, de pensar en un futuro,
de no poder imaginar una trayectoria; imaginar el corto plazo
de lo inmediato configura otra subjetividad. Dentro de los jóvenes
genera mucha inestabilidad, a diferencia de otras generaciones
que tenían como referencia el horizonte de lo que habían
sido sus padres y una vida en la que se podía proyectar.
-¿Esto
tiene que ver con la ausencia de los padres en el hogar?
- No; yo creo que los padres están afectados en este caso
por una misma situación. Los padres de los jóvenes
de hoy son los que han sufrido esta transición y han sido
la generación más golpeada entre "aquello viejo
que no termina de morir y aquello nuevo que no termina de nacer".
Los padres están también bastante desconcertados
porque estás cuestiones de reconversión dentro del
mercado del trabajo de otras capacidades que se exigen es un ejercicio
muy complicado para quién fue educado de otra manera. Pensar
en un contexto en el que las reglas son el mercado y el éxito
fácil, que no tienen que ver con la capacitación
y el trabajo, y donde no se puede comparar lo que gana una estrella
de televisión con lo que se puede llegar a ganar en otro
trabajo.
-¿El
gran cambio estuvo en los valores?
- Sí, en esto hay una interrelación entre todas
las esferas. Y las cosas que van pasando en el contexto van modelando
la subjetividad de otra manera: hoy, hay un boom del consumo producto
de una sociedad que ya no apunta al ahorro, a la previsión
del futuro. Y la gente consume como si fuera a terminar el mundo.
-Entonces,
¿por qué los chicos de distintas clases se vuelven
violentos?
- Esa es la pregunta. Y es lo que va a exigir estudios e investigaciones.
Lo que hay, es una dificultad en los esquemas que teníamos
para pensar estos temas; lo que alcanzamos a saber no nos alcanza
y, por ende, no podemos planificar políticas públicas
para enfrentar estas cosas. Y esas cosas, además, son graves
y merecen atención por parte de los gobiernos. Y los episodios
que aparecen pueden llegar a repetirse con una lógica en
la que, si no sabemos como regularlo, estamos muy expuestos.
Fuente: Diario El Tribuno – 03 de enero de 2007. Salta,
Argentina.