La
Red Latinoamericana de Noticias, conversó con el Lic.
Fernando Osorio (www.fosorio.com.ar) al finalizar el último
encuentro del Seminario de Investigación Permanente sobre
Violencia en las Escuelas que desarrolla, por quinto año
consecutivo, en Argentina, en la Facultad de Derecho de la Universidad
de Buenos Aires (estudiosparalainfancia@gmail.com). Conversamos
sobre la problemática del “bullying” desde
una mirada particular que trasmite nuestro entrevistado, respecto
a la tendencia moderna hacia la patologización de la
infancia y la adolescencia. Y luego, Osorio, da una serie de
recomendaciones dirigidas a ajustar el rol de la familia y de
los padres en este tipo de conflictos institucionales que padecen
las escuelas, en la actualidad.
Florencia Real Cardozo. Como siempre es un gusto poder
conversar con ud. una vez más, sobre todos estos temas
tan acuciantes. Hemos advertido el gran interés que genera
en los colegas docentes el tema del bullying, que ud. desarrolló,
en su última clase. ¿Podría comentar qué
es el bullying?
Fernando
Osorio. A partir de investigaciones realizadas por el psicólogo
noruego Dan Olweus, en 1993, se universaliza el modo de nombrar
algunas formas específicas de maltrato entre escolares.
Así, el término “bullying” comienza
a utilizarse para definir la conducta de acoso entre pares.
A partir de ese momento a las acciones de intimidación
y acoso entre pares se las nombra como Bullying. Esto quiere
decir que las conductas de intimidación que desarrolla
un niño o un adolescente en las que involucra a un compañero
para maltratarlo, acosarlo, insultarlo, humillarlo o golpearlo,
incluyendo a otros como testigos de esa acción, se agrupan
bajo la denominación de “bullying”. Esta
nominación reúne una serie de criterios comunes
para darle una categoría formal. Es decir que todo aquel
que hable de conductas “bullying” se refiere a un
patrón de comportamiento, generalmente desarrollado por
un alumno contra un par, con testigos y en el contexto escolar.
FRC.
¿Cuáles son las señales que debemos tener
en cuenta para saber si un niño o adolescente está
desarrollando o sufriendo este tipo de conductas?
FO.
Si bien existen patrones de conducta asociados al desafío
a la autoridad, el negativismo y la querella directa al adulto,
los sujetos bully no actúan así. Desarrollan una
caracteropatía que no permite detectar tan claramente
sus intenciones hasta que no las ha desplegado. Para hablar
de acciones bullying debemos encontrar los cuatro tipos de violencia:
la física y la verbal que son evidentes y manifiestas,
y la psicológica y la simbólica que son invisibles,
mudas.
FRC.
Pero por lo que ud. dice no es tan fácil advertir los
cuatro tipos de violencia.
FO.
Lo que ocurre es que para que podamos hablar de bullying tienen
que estar integradas estas cuatro modalidades si no, se trata
de otra categoría. Y si bien, muchas veces el acoso entre
pares (violencia psicológica) no es evidente para los
adultos de turno, otras tantas son los mismos adultos los que
participan de la segregación, discriminación o
humillación de un alumno (violencia simbólica)
y esto hace que no puedan advertir la violencia que puede estar
sufriendo un alumno de su curso, o no les importa. Si bien no
hay claras señales para advertir este tipo de acciones
entre los chicos, es importantísimo ser un buen observador
y trabajar sistemáticamente sobre la dinámica
psicosocial de los grupos escolares para que esto pueda salir
a la luz; ya sea porque un adulto lo advierte o porque un alumno
se anima a denunciarlo.
FRC.
¿Por qué diferencia la discriminación de
la segregación?
FO.
Porque en muchos casos de bullying se descubre que el objetivo
buscado por el bully, o acosador, no sólo es dejar al
acosado claramente discriminado (señalado, diferenciado)
por su cultura, raza, genero, identidad sexual, costumbres,
hábitos o creencias. Es decir no sólo intenta
discriminarlo para que no participe del grupo de los llamados
“populares” o “líderes” sino
que lo que busca persistentemente, con su acoso, es generar
un profundo proceso de aislamiento (segregación social)
sobre la víctima; esto equivale a una agresión
que se le suma al maltrato directo.
FRC.
¿El “bullying”, es un fenómeno extendido
en las escuelas latinoamericanas?
FO.
El maltrato entre pares, dentro de los establecimientos educativos,
es un fenómeno extendido en todo el mundo, no sólo
en Latinoamérica. Quizás estamos más sensibles
en nuestro territorio pero desde Europa llegan noticias todos
los días sobre este asunto y además los colegas
extranjeros que comparten las investigaciones con nosotros,
aquí en B. Aires, no dejan de sorprenderse por la vertiginosidad
con la que se reproducen este tipo de fenómenos que muestran
un franco trastorno de la conducta.
FRC.
¿Existen datos estadísticos que permitan visualizar
el fenómeno?
FO.
Hay estudios regionales, en Latinoamérica y Europa que
reflejan realidades diferentes. Depende de la población,
de la zona geográfica y del tratamiento que cada escuela
le de a los conflictos áulicos e institucionales. Pero
todos coinciden en que muchos alumnos (más del 40%) manifiestan
haber tenido que soportar, al menos una vez, el maltrato de
un compañero acosador. No creo que se pueda hablar de
estadísticas o porcentajes de sujetos “bully”,
porque en todos los grupos escolares existen sujetos acosadores
y acosados, y no por eso constituir necesariamente una acción
bullying, lo cual haría peligrar la eficacia del estudio.
FRC.
La conducta de maltrato es común en las escuelas y entre
los adolescentes, alcanza ver cómo se tratan entre ellos
aún siendo amigos, en la calle o en un colectivo o en
un boliche.
FO.
Si pero, no obstante, este rol, el del acosador y el del acosado,
es parte de los emergentes que pueden surgir en la dinámica
psicosocial de un grupo; es parte de los roles que socialmente
asumen niños o adolescentes y lo despliegan dentro de
su contexto social como puede ser el de sus compañeros
de aula. Es tensión que se despliega socialmente entre
los que se creen fuertes frente a los considerados débiles.
Algo así como el eterno deseo de dominio de unos sobre
otros que, en el mundo infantil y adolescente, se despliega
en las escuelas.
FRC.
¿Hay acciones de maltrato que podrían no entrar
en esta categoría?
FO.
Por supuesto. El acoso entre pares es una de las manifestaciones
del maltrato entre niños o adolescentes. Hay otros tipos
de violencias que no son acompañadas por el acoso y la
persecución. Son violencias aisladas que, en algunos
casos, no revisten mayor gravedad. Y en otros casos tienen que
ver con ciertos rituales que los adolescentes o los niños
necesitan desplegar en el ámbito social, en este caso
las escuelas, con el único fin de afirmar su carácter
o afianzar aspectos de su personalidad, o delimitar un terreno
de acción propio.
FRC.
¿Las acciones de un bully pueden detectarse sin que el
acosado denuncie lo que ocurre? ¿Los acosados pueden
llegar a presentar algún tipo de manifestación
que permite determinar que ha sido o es atormentado por un compañero,
aunque en el interrogatorio lo niegue?
FO.
Por supuesto. Hay una serie de indicadores individuales, en
las víctimas de acoso, que es posible detectar. Y otros
indicadores que son grupales, que hay que saber cómo
escucharlos, conocer estrategias para hacerlos surgir. Por esa
razón le manifesté anteriormente la importancia
que tiene la observación que los docentes hacen del grupo
para tener una buena lectura de lo que le ocurre a un grupo.
Muchas veces se detecta un núcleo bullying por cuestiones
que, en forma lateral, surgen de una asamblea o un pequeño
grupo de trabajo entre compañeros. Si el adulto a cargo
está atento no necesita que el bully se autoincrimine
ni que la victima diga cuanto sufre; esto no es lo que habitualmente
suele ocurrir por lo tanto el adulto responsable no puede aguardar
a que la evidencia se le presente ante sus ojos.
FRC.
Y, en el caso individual. ¿Cuáles pueden ser algunos
indicadores a tener en cuenta, tanto en la escuela como en la
familia?
FO.
Algunos de los síntomas que puede presentar un acosado
es un franco retraimiento en su conducta; un cambio abrupto
en su comportamiento habitual; conductas explosivas aisladas
y fuera de contexto por cuestiones que no lo ameritan; llanto
o estados de angustia incontenible y extemporáneos; mutismo;
una baja significativa en el rendimiento escolar; síntomas
psicosomáticos como dolor de cabeza persistente o dolor
abdominal o contracturas musculares o erupciones en la piel
o alergias; torpeza psicomotora; excitabilidad e irritabilidad
excesivas; trastornos alimentarios; alteraciones del sueño;
ciclos de enuresis (en niños pequeños); fugas
del colegio o reiteradas llegadas tarde injustificadas. Síntomas
todos que deben contextuarse cualitativa y cuantitativamente.
FRC.
¿Estos ejemplos son siempre manifestaciones de maltrato
entre pares?
FO.
No siempre, por eso dije que hay que contextualizar los hechos.
Esto quiere decir ubicar aspectos subjetivos y objetivos de
la problemática observaba o sospechada. Y esto es importante
porque estas manifestaciones, que le menciono, también
pueden responder a otro tipo de problemática y no son
exclusivas del maltrato o acoso entre pares. Se trata simplemente
de que el adulto advierta si alguno o varios de estos síntomas
comienzan a manifestarse y persisten durante un lapso significativo.
Entonces debe chequear con sus colegas de la escuela y con la
familia del niño lo que está observando; porque
son manifestaciones de algo que le está sucediendo al
niño o adolescente; sus síntomas son un modo de
comunicarlo.
FRC.
¿Y que otra razón puede haber para que un niño
o adolescente se convierta en víctima o victimario de
una acción bullying?
FO.
En muchos casos estas manifestaciones muestran niveles de violencia
que el niño o el adolescente está soportando no
sólo en la escuela. Ha ocurrido, que el maltrato que
se sospechaba intraescolar termina siendo del mismo entorno
familiar. Y lo que ocurre es que el niño o el adolescente
proyectan esa escena violenta dentro del ámbito escolar
y se somete (como víctima o victimario) a una escena
de bullying porque, sin tener mucha conciencia de lo que hace,
sabe que habrá un adulto que observará el modo
en que se somete e intentará indagar qué ocurre.
De este modo puede llegar a descubrir violencia familiar. Aunque
debo aclarar que no siempre detrás de una escena de bullying
hay violencia familiar. En todo caso sí puede haber negligencia
parental. Esta negligencia no le ha permitido a ese niño
desarrollar recursos para cuidarse y defenderse de la violencia
social y se somete: soportando o maltratando. Porque el victimario
también se somete, en este caso a cumplir el rol de un
matón desenfrenado, que también a él le
hace daño. En este caso, lo que el niño denuncia
es negligencia parental.
FRC.
Ud, insiste mucho en trabajar sobre lo que origina este tipo
de conducta.
FO.
Para nosotros, desde las investigaciones que realizamos en el
contexto del Seminario de Investigación permanente Violencia
en las Escuelas, de la Facultad de Derecho de la UBA, el asunto
no está tanto en cómo se nombra o se clasifican
las conductas de los niños o de los adolescentes sino
en el origen de esa conducta. NO alcanza con clasificarlas,
porque esto no la modifica, sólo las hace más
visibles. En épocas pasadas a un maltratador de compañeros
de aula se lo denominaba “patotero” o “matón”
y se tenía una idea más cercana a que esa conducta
respondía a un resentimiento o frustración por
asuntos privados o familiares, ajenos al contexto escolar. Esto
hoy se ha perdido y se lo intenta pensar desde una lógica
epidemiológica. Se lo ve como fenómeno; la explicación
pocas veces involucra el origen.
FRC.
¿Qué cuestiones deja afuera la categoría
de “bullying”?
FO.
Básicamente el origen de esas conductas. Por esa razón
entiendo que la pregunta que debiéramos hacernos es acerca
del valor que tiene nominar las conductas de los niños
y de los adolescentes con este término “bullying”.
FRC.
¿Ud, cree que no es correcto nombrarlas así? ¿Piensa
que no habría que clasificarlas?
FO.
Pienso que, a la hora de decidir un tratamiento o una medicación,
nombrar a un niño o adolescente como “bully”
resulta improductivo si no se analizan otras cuestiones. Hay
que ser muy cuidadoso a la hora de decidir un tratamiento o
una medicación para un niño o adolescente con
este tipo de conductas. Es vital para la resolución de
la problemática descubrir a qué circunstancia
responde, cuál es el origen, cómo se gestó,
por qué aparece de ese modo y en ese momento, desde hace
cuánto que desarrolla esa conducta, etc., etc. Si se
medica sin tomar en cuenta todo esto, podemos cometer el error
de “anestesiar” durante muchos años a un
sujeto y postergar la resolución de un problema que al
reaparecer, en un futuro, puede llegar a ser peor o con una
manifestación más virulenta.
FRC.
¿Cree ud, que en la actualidad se está medicando
en exceso o sin hacer buenos diagnósticos de lo que le
ocurre al niño realmente? ¿Acuerda con medicar
este tipo de trastornos en los niños?
FO.
No es bueno generalizar. Pero, en muchas ocasiones, es evidente
que es menos complejo administrar una medicación o someter
a un niño a un tratamiento psiquiátrico que ponerse
a trabajar sobre el origen de la alteración del comportamiento.
Una psicoterapia o entrevistas de Orientación a Padres,
llevan más tiempo y requieren de parte de padres y maestros
un esfuerzo adicional que no siempre están dispuestos
a hacer. Y respecto de si estoy o no de acuerdo en medicar a
un niño o adolescente, déjeme decirle que no estoy
en contra de la medicación como cuestión general.
Debo reconocer luego de veinte años de práctica
clínica que, en algunos casos, la medicación es
lo único que permite aliviar cierta tensión o
determinados niveles de ansiedad para luego poder ponerse a
trabajar sobre las causas que ocasionan el malestar. Pero no
es lo que generalmente ocurre. La medicación aparece
como un salvataje que no aporta más que anestesia y una
postergación de la resolución del conflicto. Muchas
veces se administra para aliviar a padres y maestros y no para
resolverle el problema al niño.
FRC.
¿Cuáles son las conductas habituales que pueden
ser calificadas como acoso entre pares? ¿Son fácilmente
detectables?
FO.
Las conductas de acoso se evidencian sólo ante un buen
observador. No todos los adultos del entorno escolar o familiar
advierten que uno de sus niños es acosado por un par.
En primer lugar porque este acoso no se hace a la vista del
adulto o en cualquier momento. En general lo realiza un compañero
que es temido o respetado por el grupo. Se trata, generalmente,
de alguien con quien el resto de los compañeros prefiere
no meterse. El acosador es aquel a quién nadie va a acusar
de nada y el que, en general, sale airoso de las confrontaciones
que el docente pudiera hacer. Suele ser muy astuto para no exponerse.
Se trata de sujetos con una marcada caracteropatía. Esto
quiere decir que no asumen nunca la responsabilidad de sus acciones
y siempre ponen la culpa afuera; otros (los acosados) son responsables
de que haya tenido que desplegar su acción. Se trata
de sujetos que no se angustian fácilmente sino que corrientemente
mortifican al entorno. Suelen desplegar acciones de maltrato
verbal que incluye la humillación, los insultos, la descalificación
y la tortura. Suelen encontrar alguna característica
física o actitudinal, en sus víctimas, que destacan
persistentemente. Intentan por todos los medios conseguir aliados
en sus campañas y testigos mudos; también sometidos.
En algunos casos también pueden incurrir en maltrato
físico. Pero en este caso hacen actuar a otros. Se encargan
de organizar el acoso físico, pero para que otros lo
ejecuten y ellos quedar indemnes.
FRC.
Con la intención de que esta entrevista pudiera servirle
a un docente, ¿que le recomendaría tener en cuenta?
FO.
Son varios los aspectos que un docente no debe descuidar. Una
cuestión primordial para poder tomar el asunto del maltrato
y hacer algo positivo es comprender que entre alumnos se produce
transferencia afectiva. Y muchas veces el maltrato se produce
por situaciones, ajenas al ámbito escolar, que se transfieren
sobre un compañero. La transferencia afectiva también
se da con el docente. Esto quiere decir que si su alumno logra
depositar en él, un saber y una palabra autorizada esto
tiene una consecuencia directa en la instalación de una
relación de confianza y de contención que permite
acompañar procesos pedagógicos complejos, solucionar
conflictos y sobre todo indagar sobre posibles situaciones de
acoso.
FRC.
¿Al docente le cuesta contemplar todas las conductas
desviadas de la norma? NO sólo que los alumnos se porten
mal sino que no confíen en él o lo cuestionen.
FO.
Lo que ocurre es que entre los alumnos se generan tensiones
que se transfieren desde entorno social y familiar, por lo tanto
el docente no debe apasionarse con los cuestionamientos que
se le hagan, porque no siempre están dirigidos hacia
él, sino que son proyecciones de conflictos familiares.
En lugar de enojarse debe poder escuchar qué es, en realidad,
lo que le está queriendo decir un alumno con la conducta
que le muestra. Por supuesto sin descuidar que, si corresponde,
una conducta desviada de la norma puede ser contemplada pero
también sancionada con la intención de ejercer
una acción que repare el daño provocado.
FRC.
Lo he escuchado haciendo mucho hincapié en la importancia
del trabajo del docente para afianzar la dinámica del
grupo.
FO.
La conformación y afianzamiento del grupo de alumnos
es una tarea que no puede quedar postergada por lo pedagógico.
Es fundamental la inclusión de procesos grupales de reflexión
(asambleas, pequeños grupos, consejos de aula, otros)
porque esta modalidad logra modificar sustancialmente la actitud
de los alumnos frente a los demás y con la tarea. El
docente debe desarrollar estrategias que consoliden la identidad
de su grupo con el objetivo de fortalecer los vínculos
afectivos entre los alumnos. El docente es el responsable de
que la escuela logre transformarse en un lugar de pertenencia
de sus alumnos y no en un lugar de paso tal como es en la actualidad.
FRC.
Para finalizar le pido una palabras dirigidas a los padres ya
que ud. ha señalado, en reiteradas oportunidades, que
estamos en una época de decadencia de la autoridad parental.
FO.
Se ha perdido de vista que los padres son los únicos
capaces de imprimir, tempranamente, un límite concreto
a la intención de transgresión de sus hijos. Y
que, por lo tanto, es intransferible la función parental.
Por esa razón la crianza se constituye en la casa y no
en la escuela. Debe haber complementariedad entre familia y
escuela y la actitud de los padres debe ser colaborativa y de
confianza hacia los docentes para evitar un quiebre afectivo.
Los padres deben comprender que imponerles límites a
los hijos es signo de amor y de interés en su bienestar
y no lo contrario; aún si ellos no lo aprueban. Porque
los hijos no están en condiciones de decidir qué
es lo mejor para ellos. Por ahora y por los años que
les toque vivir con los padres, los hijos, necesitan la palabra
autorizada y experimentada del adulto, aunque se opongan a ella.
FRC.
Muchas gracias por su enseñanza. Sus palabras no dejan
otra alternativa que pensar en todo lo que nos ha transmitido
en esta entrevista. Se hace evidente que tenemos que revisar
lo que se ha perdido de la familia y de la escuela, con el único
objetivo de recuperarlo.
.
Por
Florencia Real Cardozo./RLN
Fuente: RLN - Red Latinoamericana de Noticias sobre la Infancia
Octubre de 2008