Dos
especialistas que realizaron estudios sobre juventud y violencia,
uno en España, el otro en Colombia, coincidieron en que
“no hay un aumento real de la delincuencia juvenil en ningún
lugar del mundo”. De todos modos, reconocieron que “cuando
se produce un hecho puntual, hay un mayor eco social porque los
medios de prensa, que no son los culpables de crear el hecho,
sí son responsables de amplificar lo ocurrido y producir
el escándalo”. El español Carles Freixa, doctor
en antropología y profesor de la Universidad de Lleida,
advirtió que ese exhibicionismo de los hechos violentos
hace que se esté hablando “de la evolución
del erotismo de la violencia a la pornografía de la violencia”.
Esto es grave, en su opinión, porque hasta los propios
jóvenes violentos “utilizan los medios libres, como
YouTube, por ejemplo, para subir sus propios actos de violencia.
Es como decir ‘si me dicen que soy malo, pues lo voy a ser’.
Es autorretratarse a partir de esa imagen. Es la profecía
que se cumple”.
El colombiano
Héctor Ospina, licenciado en filosofía y letras
y master en educación y desarrollo social, sostuvo que
en su país “la violencia se asocia bastante con los
jóvenes, en la violencia de las pandillas, de las guerrillas,
de los parapoliciales o en la violencia cotidiana”. El también
coincidió en que sus trabajos le permitieron comprobar
que la violencia en los jóvenes “es menos de lo que
dicen los medios y de lo que dice el Estado”. Por el contrario,
Ospina piensa que en Colombia “la violencia es un negocio
del Estado, del ejército, de todas las instituciones, y
hasta probablemente también de los grupos implicados, como
la guerrilla o los paramilitares”. El experto opinó
que al Estado “no le interesa que la violencia disminuya”.
Ospina y Freixa
estuvieron en la Argentina participando del Primer Foro Iberoamericano
de Revistas de Juventud organizado por la Fundación Latinoamericana
de Ciencias Sociales (Flacso). En diálogo con Página/12,
Carles Feixa dijo que en España se produjo “uno o
dos años atrás” un debate “bastante
parecido” al que se da ahora en la Argentina sobre la baja
en la edad de imputabilidad de los menores. “Si bien no
se llegó a pedir la baja en la edad, sí se solicitó
el endurecimiento de la ley penal del menor”. Feixa recordó
que en los noventa, en su país hubo “una medida progresista
que es la responsabilidad penal del menor, que antes se aplicaba
a los chicos de 16, en el franquismo, y que ahora se aplazó
hasta los 18, aunque se creó entre los 14 y los 18 una
legislación intermedia que es, en cierto modo, un castigo,
pero que no llega a la internación en una cárcel
sino en centros de menores que son establecimientos educativos,
aunque obviamente no hay libertad para entrar y salir”.
En estos casos, “son penas muy cortas que a los 18 años
se eliminan”.
Según
Freixa, en España “el nivel de delincuencia se ha
mantenido estable e incluso ha bajado algo. Por lo pronto, no
hay una discusión sobre el aumento de la delincuencia en
España y en ninguna otra parte del mundo porque no lo ha
habido. Lo que hay es un mayor eco social cuando se producen hechos
puntuales y se produce un escándalo en torno de ello. En
este sentido los medios no son los culpables de crear ese hecho,
pero sí de amplificarlo. No sólo los medios tradicionales
sino los medios digitales. En el caso concreto de España,
eso pasó con las llamadas Bandas Latinas, que es el tema
al que yo me dedico”.
Esos chicos
son “lo que en Argentina se llama los pibes chorros”.
En España son jóvenes “de Ecuador, Colombia
y otros países latinoamericanos”. Sólo “una
minoría de ellos llegan al delito, pero los medios tomaron
como emblema a todos los que se agruparon en pandillas”.
Explicó que a partir de “un único caso de
violación de un niño pandillero a una mujer en Madrid,
se levantó toda una campaña de intereses. El debate
sobre la ley implicaba introducir la ley norteamericana que considera
que el ser miembro de una pandilla es un agravante para cualquier
delito que se haya cometido”. Aunque no se llegó
a ese extremo, durante la presidencia de José María
Aznar “se endurecieron algo las normas, pero después
se volvió al estado anterior”.
Feixa consideró
peligrosa la permanente exhibición de la violencia a través
de los medios audiovisuales. “En Estados Unidos, Philippe
Bourgeois habla de la evolución del erotismo de la violencia
a la pornografía de la violencia. La violencia, aunque
siempre ha sido condenada, es atractiva, especialmente para los
adolescentes que están en una fase de formación.”
La violencia, a veces, “refuerza la propia identidad del
joven, pero sobre todo refuerza la identidad de quien la promueve,
que son las instituciones adultas. Hay una separación radical
entre nosotros, los adultos, que somos los civilizados, y los
jóvenes. El viejo debate entre la civilización y
la barbarie, que en este caso es generacional. Ya no somos los
blancos contra los indios. Somos los adultos contra los menores”.
El colombiano
Héctor Ospina dijo que en su país “se relaciona
bastante la violencia con los jóvenes, sobre todo si eres
de un sector social, si eres pobre. Si eres campesino, si eres
habitante de los sectores populares y eres joven, eres socialmente
peligroso”. Ospina aseveró que la colombiana es “una
sociedad que en los últimos años es cada vez más
autoritaria. El autoritarismo estatal se ha impuesto en todos
los aspectos. Las medidas que se proponen son más punitivas
y sí se habla de bajar la edad para sancionar a los jóvenes.
Yo diría que hoy, en general, la sociedad colombiana está
de acuerdo. Los mismos jóvenes, también, muchos
de ellos, están de acuerdo”.
Ospina comentó
que “el único espacio que tienen los jóvenes
para poder reunirse es la esquina, pero inmediatamente se les
mira como peligrosos, asociados con la droga, con la violencia.
Yo trabajo en barrios populares y la misma comunidad, el mismo
barrio, tiene la misma mirada que tienen los medios de comunicación
y que tiene el Estado”. El especialista cuestionó
que se comparta esa visión de los jóvenes sin tomar
en cuenta “que esos muchachos no tienen espacio, no tienen
trabajo ni educación, no tienen oportunidades. Pero a veces,
además, tampoco tienen que ver con la violencia de que
se los acusa”.
Al igual que
su colega español, Ospina está convencido de que
“no es punitivamente como se resuelve el asunto de la violencia
de los jóvenes en Colombia. El problema tiene su origen
en un país antidemocrático como es la vida civil
y pública colombiana. La alternativa de muchos años,
también para muchos jóvenes, es la violencia porque
si tú no tienes ninguna posibilidad de expresar tu inconformidad
frente a los problemas de salud, de educación, porque siempre
se ilegaliza cualquier protesta, porque se considera que se pone
en peligro la seguridad del Estado, la violencia pasa a ser el
único camino de expresarse”.
Ospina precisó
que las estadísticas oficiales, en su país, dicen
que “hay más jóvenes en la violencia, mientras
que otros estudios afirman que no es así. Yo creo que el
problema de la violencia en Colombia es un negocio del Estado,
del ejército, de todas las instituciones. Al Estado no
le interesa que esto disminuya”. Recordó que desde
el gobierno se habla de “tantas bajas en la guerrilla, de
tantas personas que están encarceladas. ¿Cómo
es posible entonces que luego digan que (la guerrilla) se multiplica
con la velocidad con la que se multiplica? No es posible si no
es parte de un negocio. La guerra es un negocio y Estados Unidos
tiene interés en mantener la guerra de Colombia”.
Freixa insistió
en que “las medidas preventivas son más eficaces
que las punitivas. Pero si se aplican leyes punitivas, que también
apliquen los derechos. Si se pide una baja de la imputabilidad
a los 16 años, que les den el derecho al voto, a la libertad
sexual, a cualquier derecho cívico. Los expertos entienden
que la supuesta madurez o inmadurez de los jóvenes tiene
que ver con el contexto social. No hay nada en lo biológico
ni en lo psicológico que impida que un adolescente de 16
años sea maduro y tome decisiones responsables. Deben respetarse
los derechos y los deberes. Si rebajamos solo una parte a los
16, estamos en una desigualdad”.
Freixa trabajó
con chicos mexicanos de la clase trabajadora “que se agrupaban
en pandillas porque las pandillas eran como su segunda familia.
Era una manera de acceder a otra cultura. La cultura no es sólo
la cultura académica, la cultura profesional, sino que
es también una cultura cotidiana, de los propios jóvenes.
Las pandillas tienen una dimensión violenta que no se puede
negar, pero sobre todo tienen une capacidad de creación
cultural importantísima. Todos los investigadores que nos
dedicamos al tema sabemos perfectamente que cuando se invierte
en el potencial cultural de las pandillas la violencia se reduce
mucho. No desaparece, porque la violencia está presente
no sólo en los jóvenes sino en toda la sociedad,
pero la violencia se reduce mucho cuando hay una inversión
social en las actividades creativas de los jóvenes, que
son la música, el baile, la pintura, el graffiti. Los chicos
inmigrantes en España viven la doble discriminación
de ser pobres e inmigrantes. Los medios de comunicación
les etiquetan. Son carne de cañón ideal para cualquier
problema que haya”.
El experto
español dijo que luego de trabajar tres años con
esos grupos, en Barcelona se llegó “a pasar de una
fase de un peligroso camino hacia la norteamericanización
de las pandillas, el modelo de las pandillas como problema endémico,
irresoluble, que debía tratarse únicamente por la
vía penal, a la experiencia de convertir a esas pandillas
en asociaciones juveniles. El primer caso fue la Fedelatina, que
agrupa a entidades emigrantes de Cataluña, una antigua
pandilla, los Latin Kids, que ahora se convirtió en asociación.
Esto no eliminó los delitos ni la violencia de golpe, pero
hubo una reducción importante”.
Ospina trabaja
con sectores populares en un proyecto que se llama Niñas,
Niños y Jóvenes Constructores y Constructoras de
Paz. “Son sectores donde supuestamente hay una violencia
grande. Violencias organizadas, violencias no organizadas. Lo
primero que encuentro es que es menos de lo que dicen los medios
o de lo que dice el Estado. Lo segundo es que los mismos compañeros
del barrio de esos chicos los señalan como muchachos asociados
con la drogadicción. Esos mismos chicos, una vez que encuentran
una posibilidad de expresión, a través de la educación,
encuentran canales de organización para poder trabajar
por su barrio, por su escuela, por condiciones diferentes de vida.
Por eso creo que se trata de un problema de oportunidades. Cuando
se genera un espacio, una condición, cualquier relación
humana genera condiciones distintas. Esto también lo he
visto en hogares de paso donde llevan a muchachos que se supone
delincuentes. Con una perspectiva clara de oportunidades las condiciones
cambian.”