- ¿Qué
valor tienen las nuevas clasificaciones internacionales en salud
mental que intentan aunar criterios diagnósticos de modo
universal? ¿Aporta algún beneficio para el especialista
a la hora de conducir un tratamiento o de hacer una indicación?
En algunos ámbitos científicos se cuestionan estas
clasificaciones porque están muy cercanas a los datos que
necesita el profesional para indicar una medicación determinada,
¿tiene alguna validez este cuestionamiento o se trata de
controversias sin fundamento científico? ¿Estamos
ante una “mercantilización” del sufrimiento
humano? ¿Los ensayos clínicos de la epidemiología
moderna, para lograr la aprobación de un medicamento, pueden
llegar a superar, en algunos casos actuales, los límites
de la ética profesional?
- La clasificación de la
salud mental, o más bien de la enfermedad, plantea de
entrada una paradoja ya muy comentada a lo largo y ancho de
los tiempos: si la mente en realidad se enferma, si los padecimientos
mentales pueden tomarse de igual manera en base a un modelo
médico. Partiendo de la conceptualización primeramente
de mente, enfermedad, cura, tratamiento, etc. se puede advertir
que al menos en psicoanálisis la enfermedad mental no
existe como tal. Sino como formas, si se quiere decir posiciones,
estructuras ínter-subjetivas. Lo que me parece grave
de tales clasificaciones sobre padecimientos de la infancia
es la reducción que plantean: comenzar a ver (clasificar)
todo lo que un niño o joven hace en función de
no se qué criterios, cuando lo que hay que advertir es
qué es lo que sucede, ante quién, qué produce
(efectos) y cuáles serían las vías de solución,
bajo la premisa de que es el síntoma y sus sufrimientos
el que plantea que algo anda mal y hay que intervenir, no solo
a un nivel farmacológico, sino al nivel en el que se
presenta la misma problemática: si es en relación
con alguien, como alguien a quien se agrede, y si esa agresión
tiene un matiz de envidia, de deseo por algo que el otro tiene.
Toda clasificación orienta, y no solo la psiquiátrica,
también la psicológica y psicoanalítica,
creando referentes, el problema es sólo ver eso que la
clasificación plantea, entonces algo se deja fuera, en
ocasiones es justamente eso que no tiene lugar en ningún
lado se manifiesta a nivel del síntoma. Respecto al mercado:
¡Claro! El goce económico -hacer negocio gracias
a la tragedia-, las respuestas aparentemente fáciles...
el limbo de las pastillas en vez de las palabras... todo eso
está no sólo en el tecno-mercado farmacológico,
sino en las nuevas subjetividades, esas que viven a base de
producción-consumo-aparentemente goce-angustia. Sin frenos.
De ahí que incluso ahora aparezca toda esta clínica
de la bipolaridad en aumento. ¿No será que el
mundo actual requiere que sus, ya no digamos ciudadanos o contribuyentes,
sino usuarios, sean extremos, estén y pasen del polo
del miedo y el fracaso, al del activísimo y consumo más
maniaco... y todo eso a la distancia de un trago, pastilla,
línea de coca, compra vacía y angustiada?
- ¿Qué es el “Trastorno negativista desafiante”?
El modo de clasificar la conducta de niños y jóvenes
que presentan conductas poco armónicas a la vista del mundo
adulto, ¿es un intento por mejorar los tratamientos médicos
o psiquiátricos o una estrategia de los laboratorios para
vender medicación?
- Esa noción también podría llamarse
"O de como los adultos no sabemos qué hacer con
los niños y jóvenes, y por eso nos inventamos
quien sabe que criterios para patologizar el hecho de no poder
ejercer la autoridad con ellos". Por lo que ese trastorno
tiene un reverso en los adultos. Pero como sucede con toda clasificación,
se centra en un objeto y no en el sujeto que lo produce. De
ahí que el psicoanálisis aporte en primera instancia
la cuestión sobre nuestra participación no solo
en aquello que padecemos, sino en cómo solucionarlo.
Es más fácil, además políticamente
correcto desde una visión médica del fármaco
mercado decir que un niño o joven padece un “trastorno
negativista desafiante”, que hay que tratarlo, a exclamar
que como padres y maestros no sabemos que hacer para darles
un deseo para sostenerse, una orientación, un límite.
- En los últimos quince años, en la Argentina y en
otros países de América Latina, han tenido auge
las llamadas neurociencias y las psicoterapias con orientación
neurocognitiva o cognitivo-comportamentales, ¿se trata
de un nuevo enfoque? ¿Cuál es el origen de este
abordaje? ¿Por qué se dice que es más eficaz
que una psicoterapia de orientación psicoanalítica?
- Creo que esta apreciación se debe mucho a las
nociones clásico-ortodoxas del psicoanálisis por
demás aburridas, obsoletas, simples caricaturas de lo
que es la escucha y el método psicoanalítico:
que si es muy largo, cansador, caro, a lo cuadrado y esperado
de las interpretaciones y lo que dice el analista, hay muchas
películas y paginas web en donde se hace una critica
de manera burlesca de lo que dice un analista: que si que piensa,
que si el Edipo, que si etcétera, etcétera así
con su cara seria, acartonada, que dice cosas pero que nadie
entiende, y si hace además tono extranjero es mejor…
al menos eso en América latina. Cuando el psicoanálisis
es un método de escucha, de consideración de lo
humano, no una cosa cuadrada ortodoxa en donde se tienen que
seguir reglas y reglas, sino buscar el sentido de lo que sucede.
A los analistas a veces se nos ha olvidado que no se trata de
tiempos largos, pues el tiempo de la sesión y del Inconsciente
es otro tiempo, sino de intervenciones que apunten hacia el
descubrimiento-desciframiento del sentido de lo que el otro
vive y padece. Algo común a las neurociencias y terapias
neuro-cognitivas es que ofrecen en cierta medida una participación
activa del paciente, eso puede leerse también como una
crítica al psicoanálisis, que en ocasiones se
va moldeando al paciente a que necesariamente piensa o vea las
cosa como las ve el analista... digamos los analistas a menudo
no nos destacamos ni por nuestra humildad ni por nuestra aceptación
de los errores... ¿Cuántos libros o ensayos se
escriben en la literatura psicoanalítica sobre los errores
que cometemos? ¡Nos damos cuenta como siempre se trata
en cierta forma de patologizar a los objetos! La tristeza, por
otro lado, es que poco se hable de lo eficaz del psicoanálisis,
pues en cierta forma se considera que "está mal
hablar en términos de mejoría, cura, eficacia,
felicidad..." del psicoanálisis, pues sería
como reducirlo a la psicoterapia que se vende en cada esquina,
hablar desde el engaño del Yo. Entonces se adorna de
jerga que nadie entiende, sólo los iniciados, se vuelve
elitista, cosa de grupos, cofradías, sectas, seminarios
para adorar autores sin crítica alguna, etcétera
y la gente -no los analistas- no sabe para que sirve y se queda
sólo con la caricaturización del tipo de barbita
con traje y puro en mano. Pero igualmente no se soluciona su
problema, entonces cuando escucha los discursos de las neurociencias
que es claro, se acerca… Los analistas entonces se enojan
y dicen que es una resistencia, que la gente quiere algo fácil,
como una fast-food psicológico, que toda la culpa la
tienen los gringos, etcétera sin poder ver que eso que
sucede en parte lo hemos producido nosotros... Por ello creo
que es importante una relectura del articulo de Freíd,
"Perspectivas futuras de la terapia psicoanalítica",
pues se trata de un desarrollo interno, pero también
de formas de llegar a las masas.