Introducción
El debate
público acerca de la educación en nuestro país
se centra, desde hace muchos años, en primer lugar, en
la escacés de recursos asignados para tal fin, situación
que se agrava sin duda por una ineficiente administración
de los mismos. En repetidas oportunidades nos hemos sumado a
la advertencia, dirigida a los sucesivos gobiernos, de las gravísismas
consecuencias que, a mediano plazo, se derivarán de desestimar
el rol esencial de la institución educativa en el desarrollo
de nuestra sociedad. Que el Estado garantice entonces los medios
necesarios para la elaboración, instrumentación
y
evaluación de los proyectos educativos es un punto que
consideramos, por lo tanto, no negociable.
La segunda cuestión que preocupa tanto a los especialistas
en la materia como a a la población directamente concernida
(docentes, padres, alumnos), es el aggiornamiento de los contenidos
y de las metodología pedagógicas de manera de
adecuarlas a las exigencias de la época. En este sentido
aparece la urguencia de una capacitación de los recursos
humanos, largamente descuidada y que ahora se pretende subsanar
apresuradamente obviando la indispensable etapa previa de reflexión
y análisis por parte de sus destinatarios. Etapa que
permitiría escuchar las auténticas necesidades
de la comunidad educativa, reconocer su capacidad de propuesta,
y obtener su participación activa en proyectos que no
sienta ajenos.
Dicha reflexión daría lugar, además, a
una puesta en perspectiva más realista del tercer tema
que acapara la atención general en los últimos
tiempos: el ingreso de nuestro sistema educativo al paraíso
de la informática. En este sentido es innegable que el
acceso a la utilización de los avances tecnológicos
pondría al alcance de alumnos y docentes fuentes de información,
posibilidades de intercambio e investigación, y muchos
otros beneficios valiosos. No obstante muchos son los interrogantes
que esta cuestión plantea a nuestro sentido común.
El más serio sin duda es si, en el estado actual del
sistema
educativo argentino, ese beneficio alcanzará a todos
sus integrantes, o si su distribución diferencial contribuirá
a ampliar la franja de los "olvidados del progreso".
Es obvio que antes que de un problema presupuestario se trata
aquí de una definición política.
Pero, aún sosteniendo la hipótesis de que el acceso
a los recursos tecnológicos sea garantizado de manera
democrática, quedan todavía por contestar dos
preguntas insoslayables: ¿qué estamos buscando
instituir con la introducción de las nuevas tecnologías
en el espacio del aula?, y remontándonos más en
el cuestionamiento: ¿la utopía del desarrollo
educativo por la implantación de las nuevas tecnologías
no será una estrategia más del orden establecido
para continuar desconociendo aquello que sucede en el aula,
aquello de lo que no se habla y de lo cual el fracaso escolar
y el sufrimiento docente son el síntoma?
Estos interrogantes no han sido debatidos en profundidad y no
pueden ser desarrollados aquí porque no son el objeto
de esta comunicación. Señalarlos nos permite,
sin embargo, remitirnos a otra "ausencia" significativa
en la medida en que produce el mismo efecto de ocultamiento
que acabamos de mencionar.
Ocultamiento esta vez del vínculo entre la forma en que
nuestros jóvenes se relacionan con sus semejantes y con
la realidad en el marco amplio de la sociedad, y las modalidades
de relación social y de participación en la construcción
del conocimiento aprendidas en la escuela.
Y es que cuando en la vida social lamentamos el individualismo
y apatía de los jóvenes que se exteriorizan en
conductas competitivas o actitudes indiferentes, cuando nos
escandalizamos frente a sus expresiones de violencia e intolerancia,
cuando nos preocupa el aumento de la delincuencia infantojuvenil
y del consumo de drogas, en cada caso tendemos a atribuir la
génesis de esos fenómenos a una falla de la función
familiar, a un déficit de protección y de control
social por parte del Estado, o a la combinatoria de ambos factores.
Habitualmente la responsabilidad de la escuela queda al márgen
de estos análisis.
Socializar para el aprendizaje
Si se culpa
a la escuela, e incluso con frecuencia a los docentes, del bajo
nivel de instrucción de nuestros niños y jóvenes.
Se establecen entonces causalidades lineales que reducen las
condiciones de producción de ese déficit a las
cuestiones materiales y técnicas antes descriptas. Dichas
explicaciones convierten a los alumnos en víctimas pasivas
de un estado de cosas establecido sobre el que no tendrían
ningún poder de transformación; mientras que los
docentes, identificados a un Estado obsoleto y carente de recursos,
aparecen como impotentes para recuperar su antigüo rol
de eficientes transmisores del conocimiento.
Vemos así que, en la realidad, todo sucede como si un
siglo de desarrollos teóricos y de experiencias en este
terreno inaugurados por las corrientes de la Nueva Escuela ,
hubieran modificado los discursos pero sólo ocasional
y fugazmente las prácticas cotidianas en el aula. En
los hechos, y como lo demuestra el rumbo actual de los debates
sociales respecto de la educación, todo transcurre aún
como si la clave del aprendizaje fuera el mensaje a transmitir,
y la habilidad de los pedagogos para "bajar el mensaje"
haciendo uso, no ya de la autoridad perdida, sino de los recursos
técnico-metodológicos más novedosos.
La "autoría" de alumnos y docentes en la construcción
conjunta del conocimiento es declamada en los medios académicos,
ignorada por el hombre común que sigue considerándola
responsabilidad exclusiva del maestro, e impedida en la práctica
de traducirse en actos.
Lo "reprimido institucional", el eslavón faltante
en los análisis, el elemento que establecería
el nexo entre el micromundo del aula y el macrouniverso de la
sociedad, es el proceso de socialización
al que la escuela debe necesariamente contribuir para que el
único proceso unánimemente reconocido, el del
aprendizaje de las temáticas curriculares, sea posible.
La afirmación de que el proceso de socialización
es condición de posibilidad para la construcción
del conocimiento no es arbitraria, surge de la comprobación
de que el conocimiento no es una producción individual,
"natural", ni a-histórica. Un niño aislado
que no tuviera interlocutores (pares y adultos) con quienes
analizar la información recibida, y en el marco de vínculos
establecidos en el tiempo, probablemente estaría en condiciones
de memorizarla, repetirla y, en el mejor de los casos, relacionarla
con sus propias vivencias. Pero al no poder confrontar con otros
su punto de vista y sus experiencias, desde lo intelectual y
también desde lo afectivo, al no poder cuestionarse,
a partir de esos intercambios, acerca del sentido de los fenómenos,
y plantearse nuevos interrogantes que lo llevaran a la búsqueda
de nuevas respuestas, difícilmente lograría realizar
un verdadero proceso de aprendizaje. Esto que parece una obviedad
es sin embargo, en mi opinión, la razón de ser
de la organización escolar: un ámbito colectivo
de intercambio que propicia el desarrollo intersubjetivo de
sus mienbros, tanto en su vertiente intelectual como emocional
y relacional, en otras palabras, un espacio de socialización
para el aprendizaje, aprendizaje científico y aprendizaje
de la cooperación social para las futuros ciudadanos
que decidirán un día el destino de la nuestra
sociedad.
La socialización como gestión
pendiente
La institución educativa en nuestro país, decía
antes, ha perdido conciencia de su originaria función
socializadora, y ese "olvido" puede interpretarse,
por un lado, como efecto de lo que René Lourau llamaba
el "principio de equivalencia ampliado", es decir,
la tendencia permanente que lleva a todas las instituciones
a asumir formas sociales idénticas a la adoptada por
el Estado. Interpretación bastante convincente en nuestro
caso. Un Estado que promueve la competencia salvaje, el individualismo,
y el descreimiento en lo político, no podría transferir
a la institución educativa un modelo que rescate el valor
de la socialización con lo que ella involucra de participación
democrática, de aceptación de las diferencias,
y de concertación. Desde esta perspectiva si el Estado
no puede pensar el orden social en términos de equidad
sino de "mano dura", la escuela sólo podrá
pensar su organización en términos de disciplina.
Otra posibilidad es interpretar aquel olvido como defensa colectiva
frente a algo que tiene carácter de "intolerable".
En este sentido podríamos considerar, siguiendo la línea
de pensamiento que nos propone Gérard Mendel, que el
psicofamiliarismo inconsciente* es aún tan intenso en
nuestras
instituciones escolares que impide realizar el duelo por la
Autoridad perdida del antigüo sistema patriarcal. En este
sentido la socialización como finalidad de la escuela
deviene "impensable" porque representa el avance de
de la psicosocialidad en detrimento del psicofamiliarismo, el
desarrollo en la realidad de "relaciones sociales"
complementarias de los vínculos fantasmáticos
de tipo edípico que la escuela hereda del modelo familiar
internalizado. Defensa colectiva -decía- en la medida
en que en la escuela los dos términos de la relación,
docentes por un lado, y alumnos por el otro, temen abandonar
sus posiciones dentro de aquel esquema patriarcal que, imaginariamente,
confería a los primeros el poder absoluto de pensar,
decidir y actuar, y aseguraba a los segundos el amor y la protección
de los padres a cambio del acatamiento.
Pero si la sociedad no es una familia**, sus instituciones
tampoco lo son, son espacios productores de bienes socialmente
valorados de distinta índole (culturales, políticos,
económicos, etc), y, ante todo, espacios productores
de subjetividad y de lazos sociales.
El primero de esos espacios es la escuela, cuya cercanía
temporal con el medio familiar favorece sin duda la tendencia
que plantea Mendel de trasladar a ella el esquema familiar inconsciente,
reproduciéndose así en el aula formas de vínculo
y dinámicas de funcionamiento que no permiten el desarrollo
de la personalidad psicosocial de los alumnos.
El cuidado y la contención que, dentro de la escuela,
el adulto brinda al niño en sus primeros años
de escolarización hacen en algún punto indiscernible
para ambas partes la función parental de la función
docente. Durante esos años el proceso de aprendizaje
se beneficia de la fuerza de la tansferencia amorosa y de la
identificación del niño con las figuras parentales
sustitutas, de tal manera que los graves efectos de la amalgama
que acabo de describir pasan inadvertidos. El conflicto se evidencia
cuando este esquema "infantilizante" se perpetúa
en el tiempo, y la desidealización inevitable que sufren
los padres en el momento de la adolescencia, sumada al recrudecimiento
de las mociones hostiles, toman por objeto al docente, que hasta
allí había logrado sostenerse como encarnación
de la Autoridad y conducir desde ese lugar el proceso pedagógico.
En las últimas décadas la caida de esta posición
fantasmática resulta reforzada por un fenómeno
sociohistórico universal cual es la declinación
del sistema patriarcal. Lo que Mendel denomina el Sistema Padre,
tan combatido por sus aspectos coercitivos, representaba, no
obstante, para las generaciones anteriores, una legalidad, un
orden que les servía de apoyatura psíquica para
desarrollar su personalidad, ya fuera plegándose a él
o combatiéndolo.
Ese sistema, que Mendel analizara críticamente a lo largo
de toda su obra, no debía desaparecer dejando un vacío.
Otro en su lugar debería, como lo hiciera aquél,
evitar una regresión a etapas arcaicas signadas por lo
arbitrario y la indiferenciación ya que, de producirse
tal regresión, los sujetos quedarían a merced
de fantasías persecutorias activadoras de sus pulsiones
agresivas.
Lo cierto es que esta vez si bien hubo lucha no hubo parricidio,
el Sistema Padre murió de "muerte natural",
sin dejar hijos arrepentidos instituyentes de un nuevo orden,
pero sí nietos privados de legalidad que, desorientados
y sin adversarios dignos de superar, cumplen con la regresión
prevista:
degradan la religiosidad a rituales mágicos, trocan los
héroes por idolos, reemplazan las utopías revolucionarias
por alucinaciones químicas, las palabras por actings,
los maestros...por máquinas. Y dirigen su agresividad
contra quienes contribuimos a librarlos de la opresión
de la Autoridad pero no les enseñamos a vivir sin ella.
Esta lectura plantea un horizonte muy desalentador en cuanto
al futuro de la sociedad como tal, de la integración
en ella de los jóvenes, y del destino de la institución
educativa. Lo seguro es que aunque acontezcan episodios aislados
de autoritarismo la Autoridad del sistema patriarcal no se restablecerá.
Sus costados oscuros han quedado inscriptos en la memoria colectiva
y son objeto de las investiduras necesarias para garantizar
que no se repitan. Existe entonces la urgencia de crear mecanismos
que impidan que los vínculos sociales caigan bajo la
influencia del arcaísmo. Mecanismos, por otra parte,
imposibles de desplegar a nivel del conjunto social, ni en el
corto plazo, ya que involucran un cambio de mentalidades sólo
pensable y realizable dentro de un proceso histórico,
y a partir de aquellos microespacios institucionales cuya función
primera es justamente la producción de mentalidades.
• internalización por parte del niño durante
la socialización primaria de los vínculos establecidos
en su medio familiar y que luego, ya adulto, trasladará
inconscientemente como modelo de relación a los ámbitos
sociales.
**
G.Mendel, La sociedad no es una familia, Paidós,
Bs.As.,1993.
El
aprendizaje de la socialización
Es
por ello que quienes decidimos en la Argentina redoblar la apuesta
sostenida en esa dirección por Gérard Mendel y
su equipo de investigadores desde hace 25 años, elegimos
comenzar la partida en el terreno de la escuela.
Desde 1995 hasta hoy el Grupo Bs.As. y el Grupo Comodoro Rivadavia
de Reguladores Educacionales que coordino han puesto
en práctica el Método de Expresión Colectiva
de los Alumnos creado por Mendel en más de veinte cursos
de todos los niveles de la educación pública y
privada de la Ciudad y Provincia de Bs.As., y de la ciudad de
Comodoro Rivadavia.
Nuestro objetivo: el desarrollo de la socialización
secundaria de los niños y adolescentes en el ámbito
de la escuela, socialización no-identificatoria en la
medida en que no se basa en la identificación con la
figura del docente, sino que se lleva a cabo en el intercambio
con los pares.
Nuestra esperanza: que los jóvenes que egresan
del sistema educativo hayan podido apropiarse durante su formación
de un saber construido colectivamente, y que incluya no solamente
los conocimientos teóricos y técnicos que les
serán necesarios para su futura actividad laboral, sino
las actitudes y formas de interaccción que una sociedad
democrática requiere de sus miembros.
Nuestro instrumento: un dispositivo sumamente
riguroso, aplicado por profesionales experimentados, y que,
a lo largo de varios ciclos anuales, invita a los alumnos a
reflexionar grupalmente sobre las cuestiones que les conciernen
directamente, reflexión en la que tendrá por interlocutores,
a través del Regulador Educacional, a su equipo
docente.
Nuestra convicción: sólo aquellos que
se hayan entrenado desde edades tempranas en la escucha respetuosa
del punto de vista de los otros, en la participación
en las problemáticas de interés común,
en la búsqueda de concertación, aquellos que hayan desarrollado su capacidad
de argumentación, de concertación y cooperación,
llegarán más tarde, desde sus respectivos roles
sociales, a ejercer verdaderamente los principios del sistema
democrático.
La socialización puede entonces considerarse un aprendizaje
para la vida adulta, pero es también un aprendizaje que
condiciona el éxito o fracaso de los métodos pedagógicos.
Y esta es precisamente la constante observada en nuestras intervenciones:
jóvenes descreídos y apáticos en un polo del espectro,
o transgresores y violentos en el otro polo, en cualquier caso
que rechazan toda propuesta educativa. Si el aula es para el
docente el pequeño infierno en el que se consume diariamente
su autoestima profesional, ella se ha convertido para los jóvenes
en la materialización de las paradojas de la sociedad,
y de la decadencia del Sistema Padre que los ha dejado huérfanos
de ideales. Para ellos
ya ni la tradicional amenaza de sanción, ni la más
o menos conciente manipulación afectiva, alcanza a contener
la hostilidad provocada por lo que vivencian como un permanente
sinsentido al que los adultos pretenden someterlos, y del que
ellos mismos parecen ser las víctimas.
Esta situación es el obstáculo al que se enfrenta
nuestro dispositivo en el ciclo inicial. Poco a poco y dificultosamente
la clase comienza a percibir las diferencias de nuestro planteo
con el modelo establecido. Que la escuela les otorgue un
tiempo para reflexionar sobre las cosas que les interesan
sobre su vida escolar, que personas externas a la institución,
y por lo tanto neutrales, les garanticen privacidad
sobre lo discutido, que las reglas de funcionamiento sean
claras e igualitarias, que los docentes estén dispuestos
a considerar y contestar sus planteos, que nadie quede
expuesto dado que lo producido internamente por el grupo de
pares dará lugar a una expresión colectiva
y no individual, les
resulta sorprendente en tanto los coloca finalmente en el lugar
de sujetos sociales en toda la extensión del término.
En la medida en que la institución cumple con el compromiso
de atender a las demandas y propuestas de los alumnos, implementando
los cambios posibles, los jóvenes van recuperando la
confianza en sus interlocutores institucionales, descubriendo
el sentido de sus actos en relación al objetivo institucional,
recuperando el placer de una real participación en esa
meta. Lo que en un comienzo no era sino demanda de su parte,
comienza a transformarse en propuestas capaces de tener en cuenta
los condicionamientos de la realidad.
Los docentes, por su parte, que en un principio temen que el
dispositivo resulte una carga adicional para sus complicados
cronogramas de trabajo, y, sobre todo, que los exponga a nuevos
ataques y frustraciones, encuentran en este dispositivo, frecuentemente
por primera vez, la oportunidad de compartir con sus pares tanto
los aspectos penosos de su tarea, hasta ese momento vividos
en soledad y casi vergonzosamente, como los aciertos logrados
en su gestión pedagógica. Comúnmente vemos
cómo los docentes se atreven progresivamente a presentar
frente a sus colegas las dificultades cotidianas de su trabajo,
y cómo a partir de las sugerencias de éstos construyen
estrategias y criterios comunes para responder a las situaciones
conflictivas.
El dispositivo desplaza lentamente al "diálogo de
sordos" establecido entre ambas categorías institucionales,
y se instituye como un canal de comunicación "confiable"
y "razonable" que contribuye al mutuo entendimiento,
y a la comprensión de la dinámica institucional
de la que todos participan.
Para terminar diré que nuestras investigaciones e intervenciones,
identificadas con el espíritu mendeliano, se inscriben
en un hacer psico-sociológico-político. Esto significa
que su objetivo no se circunscribe a la obtención de
producciones intelectuales o discursivas, sino a favorecer
transformaciones concretas de la realidad mediante la creación
de un marco organizacional que permite la apropiación,
por parte de los sujetos que comparten un mismo quehacer dentro
de la institución, del poder sobre sus propios actos.
Esta definición sintetiza varias cuestiones fundamentales:
1) el marco institucional condiciona la naturaleza del valor
social producido y del proceso mismo de esa producción,
2) el investigador/interventor aplica y regula un dispositivo
que pone al servicio de las distintas categorías institucionales,
no asume frente a los sujetos que participan de la experiencia
una Autoridad evocadora de las imagos parentales internalizadas,
3) el sujeto psicológico deviene sujeto social cuando
desarrolla la capacidad de producir actos inscriptos en un ámbito
social (el de las organizaciones/ instituciones que integran
la sociedad), actos que transforman la realidad y lo transforman, y sobre los que además recupera poder al
reapropiarse del sentido que los mismos tienen respecto del
acto institucional global,
4) lo que hace de este sujeto social
un sujeto político no es su posición individual
de poder en relación a los otros, sino su posibilidad
de apropiarse con los otros (dentro del colectivo de
sus pares), del poder sobre los actos que ejecuta, y cuyo sentido
se articula con el sentido de los actos del resto de los colectivos
institucionales,
5) el acto humano es el eje central de la psicología
social.
Porque nuestro dispositivo no pretende construir un consenso
negador de las diferencias, sino concertaciones básicas
y siempre renovables, porque se ancla en la realidad mediante
actos concretos, la meta que se propone no es un proyecto romántico
sino una utopía realizable.
Lic.María José Acevedo
Psicóloga Institucional
Coordinadora del Grupo Bs.As.* y
del Grupo Comodoro Rivadavia **
de Reguladores Educacionales
* Grupo Bs.As de RE: Mariana Altopiedi, Marcela
Andreozzi, María Conte, Claudia Finkelstein, Verónica
Goldszmint, Ida Ilimovich, Bibiana Jofré, Graciela Magaz,
Analía Meaurio, Lucía Redolfi, Ana María
Silva, Mónica Testoni, Sandra Zilberglait.
** Grupo Comodoro Rivadavia de RE: Stella Maris Carbonelli,
Luz Fernandez de Tótaro, Mónica Mickiewicz, Mariela
Monasterolo, Marcela Sarna, Graciela Schweighofer, Josefa Soria,
Nancy Vega.